Aprendiendo a valorar el silencio

Reflexionemos sobre su importancia y beneficio

Posteado por: Roberto Lerner , 26/06/2017

Hacen vibrar pequeños huesos cuyo movimiento se convierte en señales eléctricas que llegan al cerebro, donde estimulan unas estructuras en forma de almendra. Las ondas de sonido terminan en un centro de neuronas que anuda recuerdos y emociones. Hormonas de estrés se desencadenan.

El ruido al que nos acostumbramos y se convierte en aparente silencio, nos pasa la factura. No es casual que el receloso símbolo bíblico de la ciudad haya sido la Torre de Babel: el ruido de ladrillos y palabras que terminó en incomunicación.

Porque el sonido siempre fue lo extraordinario. Desde dentro de nuestro organismo o fuera de él, era señal de alarma. Llanto de bebé, exclamación de dolor de un compañero, grito de guerra de un enemigo, rugido de un predador, trueno de un diluvio o erupción de mar y tierra. Alarma o pedido de ayuda, parece razonable que el ruido nos ponga en modo de emergencia.

Es hace poco, muy poco, que nuestros quehaceres, nuestras tecnologías y nuestra cultura nos cubren con un manto de ruido para el que no estamos hechos. Hace menos aún, la competencia alocada por nuestra atención, se ha convertido en el equivalente de vivir en un espacio en el que decenas de orquestas tocan simultáneamente.

Las burocracias de la salud le ponen cifras a la factura de la bulla: millones de años de bienestar perdidos. Es cierto que pagamos por escuchar ciertos sonidos, pero mucho más caro termina costándonos los que oímos sin saberlo.

"En el apuro aplastante de la vida moderna, lo escaso es lo más valorado, como el espacio, la quietud y el tiempo. Espacio para respirar, tiempo para soñar... Puede encontrar esos tesoros en Finlandia, donde los lagos abundan y la gente no". Es el texto que le sigue a un eslogan sencillo: "Silencio, por favor". Sí, es el silencio como marca país: invitar a pasar unos días en una cabaña, descubrir nuestro mundo interno en un sauna, pernoctar en un iglú, explorar la naturaleza nevada en esquíes o recoger arándanos y hongos, son los anzuelos que lanza un ministerio de turismo que ha comprendido que la calma vende.

No es lo que transmitimos a nuestros hijos o alumnos. Tiempo afuera, confiscación de pantallas, abolición de salidas a fiestas o discotecas, exilio en el dormitorio, orden de callar la boca, nuestros castigos imponen silencio, alejan del ruido, aíslan. Por el contrario, nuestros premios son casi siempre contantes y... sonantes.

¿Apreciar el silencio?, ¿actividades que consistan en mirar hacia adentro, conversar calladamente con uno mismo?, ¿componer en nuestra mente una sinfonía afónica?, ¿convertirnos en metrónomo del universo?

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Autor

Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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