Carta de una madre a su hija en el Día de la Madre

Déjame decirte lo orgullosa que me haces sentir

Posteado por: Giuliana Caccia , 05/05/2016

Querida hija:

Dicen que mayo es el mes de la mamá. Y por más que las madres nos esmeremos en pensar que somos especiales y únicas todos los días en la vida de nuestros hijos, es complicado creerlo. Pero no es tu culpa, hija. Es normal tratar de convencernos que hay otras cosas o personas que nos pueden reemplazar, sobre todo cuando —aunque quisiéramos quedarnos en casa— tenemos que salir a trabajar. No te miento si te digo que, a veces, envidio mucho la libertad que tienen ahora las mujeres para desarrollarse profesionalmente, para decidir sobre sus vidas sin consultarle a nadie y tener mucho espacio más allá de los hijos.

Sin embargo, cuando hago un recuento de mi vida, me doy cuenta de que yo también fui libre, porque cada día de mi vida escogí, desde el fondo de mi corazón y con la fuerza de mi razón, quedarme con ustedes y dedicar mi vida a la familia. Nadie me obligó. Eso que hace treinta años ya tenía muchas amigas que trabajaban y me animaban a salir de la casa para “modernizarme”. Pero no sé, tu papá y yo siempre pensamos que lo mejor para todos era que yo me quedara en la casa para velar por tus cosas, tratando de que tú y tus hermanos sean personas de bien. Creo que funcionó. Y hoy, a mis 70 años, creo firmemente que fue lo mejor que pude hacer.

Sí, eran otras épocas, pero créeme, no todo tiempo pasado fue necesariamente mejor. También entonces vivíamos cambios sociales y morales importantes, y teníamos que adaptarnos: revolución sexual, gobiernos militares, terrorismo, crisis económicas, etc. Había otros tipos de sacrificios. Pero en el fondo creo, sin miedo a equivocarme, que siempre las madres, sin importar la época o la coyuntura, hemos tenido los mismos miedos, temores y ganas de entregarnos a nuestros niños. Lo que pasa es que antes era más natural ser mamá, era lo que te tocaba por ser mujer y la sociedad te respaldaba en muchos ámbitos: social, económico, ético y religioso. Y no sólo eso, los papás, nuestros esposos, estaban más conscientes de su rol en la familia. Se sabían importantes, necesarios y complementarios a nosotras. Por eso no nos enfrentábamos entre nosotros. Al contrario. Nos apoyábamos. No existía el tuyo es tuyo, el mío es mío. Existía la familia y —yo sé que voy a sonar muy antigua—, hasta usábamos todos el mismo apellido. ¿Sabes que hasta el día de hoy lo llevo con orgullo? Me encanta llamarme igual que mis hijos y que mi esposo. Me hace sentir que somos todos del mismo clan. Y jamás sentí que perdí mi identidad. Todos me llaman por mi nombre, pero saben que soy parte de algo más grande.

Bueno, no quería escribir esta carta para hablarte de mí, sino de ti. Lo primero que me gustaría decirte es que estoy muy orgullosa de la mujer que eres. Y más aún de los lindos nietos que me has dado. Son muy guapos e inteligentes, como tú. También me encanta cuánto has crecido profesionalmente. Se me infla el pecho cada vez que hablo de ti y de tu trabajo, y de cuánto te quieren en la empresa.

Pero hay algo que me preocupa, y es que a veces no te veo satisfecha con la vida que has escogido. Por un lado te veo feliz con tus logros profesionales y, por otro, tratando de justificarte con tus amigas, que no trabajan, el por qué tú sí lo haces, como tratando de convencerte a ti misma que es una buena decisión y no estás cometiendo un error. Sólo te quiero recordar que te casaste con el hombre que amas y no lo hiciste por conveniencia. Y eso implica que, con el costo de vida de hoy, tengas que trabajar. ¡Qué satisfacción debes sentir al saber que no sólo creces como persona haciendo el trabajo que haces, sino también como ejemplo para tus hijos, de lucha y amor por la familia! No caigas en comparaciones ni envidias. Nadie sabe lo de nadie, pero a todos les gusta opinar. Yo te crié como una mujer sin prejuicios y justa. Sigue siéndolo con el resto y, sobre todo, contigo misma. Cree en ti, porque yo siempre lo haré.

También, a veces me has comentado que tienes miedo que tus hijos no crezcan bien porque no les das tanto tiempo como otras mamás que se quedan en casa. No te voy a mentir diciéndote que una manera de vivir es mejor que otra sólo para complacerte. A mí me funcionó quedarme con ustedes. Pero también conozco muchos casos en los que el resultado no fue tan bueno. ¿Te acuerdas de Pedro José, el vecino? Su mamá no lo dejó nunca solo y, desafortunadamente, igual cayó en las drogas y no pudo hacer nada provechoso en su vida. ¿Sabes por qué? Porque sus padres no fueron una autoridad para él, no predicaban con el ejemplo, le compraban todo lo que pedía. Lo hicieron un niño caprichoso, sin autodominio ni paciencia, sin tolerancia al dolor ni al sacrificio, y todo eso se enseña con el ejemplo. No importa a qué colegio vayan tus hijos o cuánto ganen tú y tu esposo. Lo que importa es que te vean como lo que eres: una mamá que los ama tal cual son, los respeta educándolos en la verdad, poniéndoles límites y siendo, sobre todo, como una guía de montaña, que recorres el camino junto a ellos pero no los suplantas en esa ruta que puede ser dura, pero que los hará hombres y mujeres más fuertes, seguros y preparados para enfrentar el futuro. Porque los hijos, querida, nos aman por enseñarles a vivir pisando tierra. ¿Sabes el gran daño que les harías si no los educas con firmeza? Todo les costará el triple en la vida si es que, siquiera, tienen ganas de hacer algo por su cuenta. Los hijos, además, no nos aman por ser perfectas, sino por ser luchadoras y por tratar cada día de ser mejores, corregir nuestros defectos y potenciar nuestras virtudes. Los niños son nuestro reflejo. Míralos detenidamente y verás en ellos lo que tienes que corregir en ti y lo que no.

Finalmente, si bien trabajar te deja menos tiempo para hacer las cosas que te gustan como el deporte u otras aficiones, debo decirte que también te da muchas otras cosas que no lo hace el quedarte en casa: conocer otras personas e influir en ellas y que te influyan positivamente mediante el liderazgo, el compañerismo y la amistad. También, trabajar te da la gran oportunidad de ayudar a hacer del mundo un lugar mejor, donde haya preocupación por el otro y por la sociedad. Además, y no es poco, no hay nada más gratificante que sentir que uno ha hecho un buen trabajo. Eso te hace cada día mejor ser humano y, por lo tanto, mejor madre. No hay, hija, nada a qué temerle. Usa cada segundo de tu vida, en la casa o en tu centro laboral, para convertirte en alguien mejor. No te separes en dos: la madre y la mujer trabajadora. Integra tus dos facetas, las dos se retroalimentan. Desarrollar competencias familiares te hace, sin duda, mejor profesional y viceversa.

Haz de los momentos cotidianos momentos extraordinarios. Sobre todo cuando estás con tus hijos y con tu esposo. Llega serena, no importa cuán cansada estés. Ellos te esperan para conversar, para jugar, para lo que sea. Porque, te repito, cuando entras a la casa sólo quieren estar contigo, con su mamá, no importa si ganó un premio a la empleada del año o si tuvo el peor día de su vida en la oficina. Si te sientes mal, cuéntales. Que aprendan que mamá también llora, también sufre y también se cansa. Pero que, a pesar de eso, sabe llevar la vida de manera positiva y agradeciendo cada día de su vida por todos los regalos que recibe del cielo: unos hijos maravillosos y la oportunidad de cambiar el mundo a través de ellos, luchando por ser cada día una mejor mujer. ¿Has probado abrazarlos con todo tu amor cuando te sientes terrible y sólo te provoca estar sola? Regálate esos abrazos. Yo todavía llevo los tuyos en mi corazón y me reconfortan cuando, a veces, me he sentido sola.

Querida hija, sabes que te amo con todo mi corazón. Y lo haré hasta el fin de los tiempos, así como eres, perfecta para mí. Ámate igual y hazlo con tus hijos. Un último consejo antes de despedirme: no te olvides de rezar. Una madre que ora, tiene más fuerza y más luz para guiar los pasos de su vida y la de sus seres queridos. Yo lo hice todos los días de mi vida, por ti y por tus hermanos, para que crezcan sanos y buenos. ¿Viste que me funcionó? Haz lo mismo y, de paso, dales así a tus hijos el mejor legado que toda madre le puede dar a su hijo: la fe.

Con amor, Mamá

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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