El facilismo en nuestra sociedad

Reflexionemos sobre el tiempo que estamos ofreciendo a nuestras actividades

Posteado por: Giuliana Caccia , 14/08/2017

Vivimos en un mundo que cada día desarrolla y por lo tanto, exige mayor velocidad. Los aparatos tecnológicos son un ejemplo de ello. Hoy, el tiempo para que una computadora (o hasta un televisor) se vuelva obsoleto es prácticamente menor a tres años. Antes podíamos esperar 20 minutos a que una foto o un video bajara de la red a nuestra computadora. Y nos parecía normal. El que tenía una máquina que lograra hacerlo en 15 minutos era el rey de la velocidad. Actualmente, sería motivo de un ataque de estrés esperar más de un minuto para ver reflejada en nuestras pantallas móviles una foto recién enviada.

Que la tecnología sea cada vez más rápida y nos ahorre tiempo no tiene absolutamente nada de malo, al contrario. Sin embargo, lo que nos debe preocupar es si esta velocidad y las ganas de tener todo de una manera inmediata están haciendo que no cultivemos virtudes esenciales para un desarrollo humano elevado. Y considerando que el arte, la música y la literatura son herramientas esenciales para el cultivo del espíritu, es muy importante que estemos alertas a lo que consumimos en estos ámbitos para que la velocidad y el inmediatismo que conlleva no distorsione nuestro crecimiento personal. En no pocos casos, la producción artística que adolece de este sesgo produce contenidos superficiales y vacíos de humanidad que solo hacen que perdamos el tiempo sin que nos aporten nada bueno. Difícilmente su consumo contribuye a formarnos en eso que realmente nos hace mejores personas y profesionales.

Por ejemplo, ¿no percibimos que mucho del arte moderno está contaminado de esta velocidad e inmediatismo? ¿La literatura? ¿La música? Las grandes obras de arte de la historia de la humanidad, que han trascendido siglos, y que aún hoy sorprenden la mirada de las personas, endulzan el oído y alimentan la imaginación, al mismo tiempo que cultivan un espíritu elevado, no fueron compuestas en segundos, ni en minutos, ni en horas ni en pocos días. A Miguel Ángel, por ejemplo, le tomó 4 años completos pintar la Capilla Sixtina a inicios de 1500. Luego de 500 años, aproximadamente 17 mil turistas al día siguen contemplando la maravilla de dicha obra.

Lo mismo podemos decir de la literatura. Los grandes clásicos eran escritos y corregidos a mano, y tardaban muchos años en ser terminados. Se dice —porque no hay un consenso en el dato— que Cervantes habría tardado 15 años en escribir El Quijote. En cuanto a la música, a Beethoven le tomó 4 años componer La Quinta Sinfonía, una de las obras cumbres de la música clásica.

Por otro lado, está el cine. Hace no muchos años, para hacer una película sí que se necesitaba presupuesto y mucha creatividad. ¿Se imaginan lo que era filmar con un rollo de película sin poder ver hasta terminarlo si la escena había salido bien, si la composición era correcta, si el audio no tenía fallas y si la fotografía era la adecuada? El rango de error era mucho menor y muy costoso. La edición se hacía cortando y pegando las cintas. Se requería buenos guiones, no había mucho espacio a la improvisación. Por eso los amantes del cine clásico siguen contemplando maravillados películas de Hitchcock, Capra, Ford, Kazan, entre tantos otros. Pero no hablamos de cine solo a nivel técnico. Los que de alguna u otra manera hemos dedicado algún tiempo al estudio del cine en alguna carrera de comunicaciones, hemos echado humo por las orejas analizando las historias y las repercusiones históricas de algunas películas debido al contexto en el que fueron creadas y estrenadas. Recuerdo haber estudiado Teoría del Color para analizar películas como “El ciudadano Kane”. Comparando estas experiencias cinematográficas con el cine de hoy, efectivamente cualquiera puede autodenominarse director de cine. Total, lo que no hace el ojo humano lo hará alguna computadora, corrigiendo el sonido, la luz y es más, creando absolutamente toda la trama digitalmente. Nuevamente, eso no está mal. Al contrario. Pero lo que sí nos debe preocupar es si porque existe esta tecnología, los cineastas prácticamente ponen un esfuerzo nulo en crear algo que contribuya a la culturización y humanización de los espectadores. Hoy la industria del cine efectivamente no parece preocuparse mucho por el nivel de los contenidos que ofrece, vendiendo historias que refuerzan la rapidez de la vida, la superficialidad, el consumismo y el hedonismo, entre otros. Y, lo más paradójico es que ¡ganan premios mundialmente reconocidos!

De la misma manera, en la actualidad podemos ver autores de libros que publican “best-sellers” que escriben en menos tiempo del que toma leerlo y las partituras musicales son más planas que un cuaderno doble raya vacío. Lo más triste es que son consumidas masivamente y rigen el ámbito cultural de nuestra sociedad. De hecho, es más común ver un concierto de un reggaetonero repleto que la presentación de alguna sinfónica. Porque es una realidad que donde hay demanda, surge la oferta. Y si estamos viendo que este tipo de ofertas culturales son las que están inundando nuestra atmósfera, es importante reflexionar si es que no estamos dando espacio en nuestros corazones y en nuestras mentes también a una inmediatez en el cultivo de lo esencial, postergando la reflexión por vivir más experiencias en el menor tiempo posible y así creer, erróneamente, que estamos aprendiendo más y enriqueciendo nuestro currículum.

De hecho, es una realidad objetiva que hoy tenemos menos tiempo para dedicarlo a cultivarnos. Sin embargo, eso no debe significar que lo usemos para consumir contenido barato y mediocre. Al contrario. Si tenemos escasas horas a la semana para dedicarlas a un ocio sano, usémoslas para leer libros que nos ayuden a formarnos como personas (no solo a informarnos), ver películas que nos entretengan pero que inviten a la reflexión, escuchar música que calme nuestras agitadas vidas y contemplar arte que nos ofrezca una experiencia estética que toque fibras profundas de nuestro interior y nos permita cuestionarnos sobre lo realmente valioso en la vida.

No dejemos que la velocidad de los aparatos secuestre nuestros espíritus. Más bien, seamos astutos en poner dicha tecnología a nuestro servicio. No permitamos que nos usen como simples consumidores sino que nos respeten como un público que merece tiempo y calidad, tal como se lo exigimos a cualquier proveedor de un servicio de telefonía. No hacerlo así, no solo no contribuye a nuestro desarrollo personal, sino que lo va deteriorando.

¿Te gustó este artículo?

Suscríbete a Piensa Pro Futuro Newsletter y entérate siempre de las nuevas publicaciones.

Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

Comentarios