El poder de la desinformación

Te dejamos algunas recomendaciones para desarrollar un sentido crítico

Posteado por: Giuliana Caccia , 10/09/2018

Si algo no se puede negar es que hoy vivimos en la época de la información. No solo hablamos de la proliferación de medios de comunicación especializados, televisión por cable o producción de libros, nos referimos sobre todo al acceso que existe hoy a múltiples fuentes de contenido gracias al Internet. Este trajo consigo las páginas web, los medios digitales, los blogs y las redes sociales, y según las últimas estadísticas publicadas, hoy más de la mitad de la población mundial ya tiene acceso a Internet.

Hace 20 años era inimaginable que cualquier ciudadano de a pie tenga espacios de opinión abiertos y con capacidad de distribución y llegada multitudinaria. Hoy eso es más que una realidad. Cualquiera con un mínimo de manejo de la tecnología, criterios de marketing y capacidad para destacar en un nicho, se puede convertir en un líder de opinión o “influencer”, logrando inclusive crear tendencias fuera de las pantallas.

Esto es algo muy bueno, porque les da espacios a personas con mucho talento para poder compartir sus puntos de vista o conocimientos sin depender de los pocos que, de alguna manera, tuvieron el monopolio de la opinión pública o de los espacios académicos. Podríamos decir que existe una especie de “democracia mediática” desde el lado del productor de contenido, lo que sin duda le da muchos beneficios al consumidor, pues hoy cuenta con miles de fuentes de consulta para poder mantenerse informado, tanto sobre la coyuntura social como temas más especializados.

Sin embargo, no todo es maravilloso en este mundo mágico para los amantes de la información. Hoy, como ya se ha puesto de manifiesto sobre todo en países como Estados Unidos, Inglaterra y, por supuesto, en el nuestro, existe algo que se llama “fake news”. En simple, este término describe la tendencia de los medios de comunicación para manejar la opinión pública manipulando la información (por no decir “mintiendo”) con el fin de conducir la opinión (y el voto) del ciudadano común y corriente. Todo esto -unido a los vacíos legales que existen en cuanto a la difamación, rectificación, entre otros- abre un hueco negro que es imparable una vez que encuentra acogida entre la audiencia. Es triste, pero el problema de hoy no es tanto la ignorancia, sino la mentira. Ya lo mencionaba J.F. Revel en su libro El conocimiento inútil: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.

¿Pero cómo hacer para frenar este tipo de maniobras mediáticas? ¿Cómo hacer para detectar si, por ejemplo, un líder de opinión habla cosas ciertas o sensatas desde su espacio digital propio?, ¿cómo evitar ser víctimas de manipulaciones?, ¿qué hacer para no convertirnos en tontos útiles de la desinformación o de ideologías? La respuesta es simple, pero no tan fácil de realizar: formarnos. ¿Cómo? Sobre todo, a través de la profundización en el contenido de los temas que nos interesan. Para ello, la lectura es evidentemente algo fundamental.

Información, formación y estudio

De manera sintética, podemos hablar de tres tipos de lecturas que ayudan a la formación de una persona: informativa, formativa y de estudio. Para fines de esta nota, empezaremos hablando de la más superficial y que, como mencionamos más arriba, es la más riesgosa si es que no se cuenta con las otras dos.

La lectura informativa es aquella que nos mantiene al día de lo que está sucediendo en nuestro país y en el mundo. Es la que encontramos en los diarios, revistas y páginas de noticias en general. También se puede incluir en este grupo los medios especializados. Y, tal como mencionamos líneas arriba, es un tipo de lectura que no es un reflejo íntegro de la realidad, sino que tiene ángulos escogidos y puede contener prejuicios e intereses particulares. Los periódicos, por ejemplo, tienen una línea editorial y se someten a las modas.

Para aprender a leer la prensa y los artículos de opinión hay que tener un sentido crítico. Pero este no llega a nosotros de la noche a la mañana, sino que esta capacidad de discernimiento se cultiva mediante los otros dos tipos de lecturas que mencionamos: la de formación y la de estudio.

La lectura de formación está más asociada a la lectura de clásicos. Para explicar este punto, creo que es suficiente compartir un párrafo del libro Humanismo. Los bienes invisibles, de Juan Luis Lorda, que dice que los clásicos son “los libros selectos que nos permiten el trato con los espíritus más grandes que existen y han existido en el mundo. A cualquiera le parecería un extraordinario privilegio recibir las confidencias de un gran pensador. (…) Todas las artes se aprenden por imitación; el arte de pensar se adquiere frecuentando a los grandes pensadores”.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. ¿Cómo saber qué lecturas clásicas escoger si es que tenemos tan poco tiempo para cultivarnos? Tal vez, debemos “copiar” lo que han leído las personas que sabemos que han contribuido con un bien tangible a la sociedad. También debemos sacar de nuestra vista cualquier libro que sea evidente propaganda. Y no olvidemos que dentro de este grupo también podemos considerar no solo grandes novelas, sino también libros históricos, biografías y ensayos.

En cuanto a los libros contemporáneos, no debemos dejarnos llevar por el marketing. Un buen libro sobrevive al “top ventas” de Amazon o del New York Times. Recordemos, además, que hoy muchos premios internacionales contribuyen a la propaganda ideológica. Por eso, lo más seguro es quizá esperar antes de coger el primer libro que nos llama la atención en una góndola o en un aviso. Mejor es esperar a que el tiempo pase y ver si su fama duró menos que una sarta de cohetes. Por eso, preguntarles a personas entendidas es una buena fórmula. También ayudará leer reseñas de personas que merezcan nuestra confianza sobre esas publicaciones.

Finalmente, el último tipo de lectura es la que se denomina de estudio. Esta es una lectura intensa y constante que busca contribuir al dominio de un área de conocimiento. Este tipo de contenidos normalmente se publican en las monografías académicas, ensayos de alta divulgación, tesis doctorales y artículos de revistas especializadas.

Para poder desarrollar un sentido crítico sobre lo que leemos en medios, no es necesario volvernos expertos en todas las áreas que estos cubren —política, cultura, economía, entre otros—. Pero sí sería muy recomendable el cultivo de disciplinas más universales como la Antropología, Filosofía, Historia, etcétera, que nos ofrecen una visión del hombre y del mundo a partir de la cual poder hacernos una cosmovisión. A partir de allí, y buscando cubrir las nociones generales, podremos formar una conciencia analítica y crítica de lo que sucede en el mundo, no solo a nivel superficial sino ético.

Como podemos ver, el leer mucho y de todo no nos hace necesariamente personas bien informadas o sabias. Recordemos que el cultivo intelectual repercute directamente en la formación de la libertad de la persona, pues aquello que conoce es lo que llevará a su voluntad a actuar. Si queremos ser personas verdaderamente libres, debemos siempre apuntar a escoger el Bien y la Verdad (con mayúscula). Si no queremos ser títeres del relativismo o víctimas de la manipulación ideológica o propagandística, debemos sí o sí comprometernos en formar nuestra conciencia intelectual. Sí, hay poco tiempo. Pero no se tiene que leer todo. Hay que leer lo bueno.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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