Estado de ánimo, ¿puede el fútbol influenciar en ello?

Reflexionemos acerca de la esperanza y las altas expectativas

Posteado por: Roberto Lerner , 03/11/2017

“Estado de ánimo” es algo que tenemos todas las personas y cada uno de nosotros podemos identificar, o creer que podemos identificar, el que predomina en un momento determinado de su vida. Ahorita me siento bien, estoy esperanzado, hay algo agradable que llena mi organismo. ¿Por qué? Bueno, quizá sea que la noche de las brujas —estoy escribiendo este texto al final de la tarde del 31 de octubre— promete alguna fiesta divertida, o que el feriado que sigue me liberará del trabajo cotidiano.

A veces, sin embargo, se trata de algo colectivo. Sí, los grupos también tienen radares que les dicen si el clima psicológico es negativo o positivo. Hay épocas en las que los jóvenes miran con codicia el control de pasaportes y no piensan en otra cosa que irse a vivir a otro lado; en otras, el aeropuerto sirve para iniciar una visita, explorar un paisaje, siempre con pasaje de vuelta.

¿Qué define el ánimo colectivo? En general, la manera en que miramos el futuro: si sentimos que las cosas pueden mejorar, que vamos a poder lograr nuestros planes, que el camino está más o menos libre y que los obstáculos que se presenten podrán ser superados, o no, de acuerdo con nuestras capacidades, fuerza de voluntad y algo de suerte (pero no en función de lo que otros decidan), pues será positivo. Si hay muchos nubarrones en el horizonte, si percibimos que casi nada depende de nosotros, si no hay reglas de juego claras, será negativo. ¡Hay grados, claro! Pasar de un “que el último apague la luz” hasta “vamos a campeonar en Rusia 2018”, hay matices. Probablemente a los países les va mejor cuando sus habitantes se quedan en el optimismo sin llegar a la soberbia.

Justamente, hablando del mundial, la posibilidad de llegar a él luego de una ausencia dolorosa y frustrante que duró 35 años, introduce una sensación de “hay algo bueno en el ambiente” que neutraliza y hace pasar a un segundo plano turbulencias políticas, económicas, ambientales. Como que uno se vuelve más tolerante con aquello que nos molesta todos los días. ¿Malas autoridades, trámites que no salen, embotellamientos en las pistas, noticias sórdidas en el país y el mundo? Sí y no es que neguemos la realidad, pero como que se ve amortiguada por un colchón de alegría y expectativas positivas. Además, todo se da dentro de una complicidad en la que participamos todos los peruanos, sintiéndonos parte de un todo que vive al mismo ritmo.

La perspectiva de ver nuestra bandera ondear en las tierras de Iván el terrible y Vladimir Putin, si salimos bien parados en el repechaje, es algo que va teñir de rosado los lentes a través de los que vemos el mundo. Producir, consumir, invertir, postular, votar, negociar, proponer matrimonio, encargar niños a la cigüeña, elegir ropa, salir a comer, todo, va a verse impactado por el ánimo colectivo mundialista.

Lo anterior, la influencia de los estados de ánimo colectivos en las actividades económicas, políticas y en las decisiones personales, ocurre en todo el mundo y desde que vivimos en sociedades complejas. Las razones pueden ser diferentes, pero el hecho es el mismo.

Sin embargo, en nuestro país somos especialmente bipolares, pasamos de la hipercrítica destructiva a la ceguera total, de tener el peor equipo a la convicción que nuestros jugadores se han convertido mágicamente en héroes súper poderosos. Y muchas veces sin que haya nada en medio.

¡Cuidado con eso! Está bien llenarnos de un optimismo prudente que, además, va a impactar en la calidad de nuestra vida en una serie de campos que no tienen nada que ver con el fútbol. Pero tampoco se trata de flotar en la estratósfera, endiosar al equipo, obsesionarse con sus vidas, creérsela hasta el punto de comenzar a despreciar a otros y olvidar algunas de las cosas que siguen siendo lo más importante.

Gozar de nuestra presencia en la fiesta más significativa del balompié es algo sano, bueno, que añadirá a nuestro bienestar colectivo sentimientos de pertenencia y unidad; pero si nos vamos al otro extremo y le sacamos la lengua a los dioses, nos va a pasar lo mismo que al ser mitológico Ícaro. Ya lograste volar con alas de cera y escapar al terrible destino que te esperaba en el laberinto de Minos. ¿Encima ahora quieres llegar al sol? No te pases. ¡Al suelo!

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Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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