La importancia de ser amables con nosotros mismos

Pequeños detalles que definen nuestra relación con los demás

Posteado por: Roberto Lerner , 28/08/2018

Se dice que el diablo está en los detalles. Imagino que el aforismo se refiere a que en las minucias -en lo que no aparece en el primer plano, lo que no se ve en el escenario y no está bajo la luz del reflector- se esconde, independientemente de las intenciones, una dimensión nefasta y oscura.

Pero si entendemos el término como cuando se dice “¡qué bonito detalle!”, nos estamos refiriendo a aquello que hacemos por alguien en función de sus necesidades, gustos, o, simplemente, su presencia en nuestro camino. En otras palabras, por consideración. Vale decir, también Dios está en los detalles.

Sonreír, ceder el paso, dar preferencia, hacer un comentario amable, pedir por favor y reconocer de manera sencilla cuando nos lo hacen; disculparse, respetar a quienes ejercen la representación de la ley o nos dan un servicio, son detalles en los que ponemos en contacto con nuestros semejantes y nos inclinamos ante aquello que hay de divino en ellos.

Esa simpatía, convergencia de experiencias, comunidad de vivencias, también se aplica a uno mismo. Aceptarse y tolerarse (no hablo de sentir que uno tiene derecho a hacer lo que quiere, ni poseer una autovaloración inflada), vale decir, ser amables con nosotros mismos, contribuye de manera importante al bienestar. Y, también, a resistir los inevitables embates de la vida, el impacto del tiempo sobre el organismo, las turbulencias emocionales y las variadas exigencias de adaptación a condiciones cambiantes.

Cuando ocurre algo desagradable, primero evaluamos su potencial negativo, luego nuestra capacidad para procesarlo y, más adelante, cuánto debemos asumir responsabilidad por las consecuencias. Podemos ser razonablemente objetivos, pero también hacer gala de crueldad hacia nosotros mismos. Lo primero conduce a aprendizaje, lo segundo a un encierro culposo.

Cuando somos considerados y amables con nosotros mismos, nuestro organismo reacciona como cuando recibimos ayuda de los demás. Es una suerte de autoamabilidad y autocortesía que nos hace dignos porque enfrentamos problemas como el resto de seres humanos, y también sufrimos como el resto el peso de defectos. Esto nos permite trabajar sobre unos y otros.

Al igual que el servilismo y la hipocresía en el trato con los demás, las sonrisas congeladas y el positivismo forzado ante los problemas propios no sirven de mucho. Es la otra cara de la moneda de la culpa exagerada y la autoincriminación. El trato gracioso de uno mismo —una mezcla de gracia en el sentido religioso con espíritu deportivo— termina convirtiéndonos en personas resistentes que resuelven las tareas de la vida: esto se confirma con pacientes frente a enfermedades, estudiantes frente a exámenes y, en general, personas que deben navegar por las aguas procelosas de la existencia.

Es posible reconocer momentos en los que estamos siendo malcriados con nosotros mismos, cuando nos revolcamos en nuestra culpa y nos prohibimos gozar en circunstancias complejas, y reemplazar esas faltas de respeto por reconocimiento de los problemas, empezar acciones concretas para resolverlos (si es posible) y procesarlas emocionalmente sin hacerse todo un drama que nos ponga en el centro del universo.

Digamos, no hacernos a nosotros lo que no queremos hacer a los demás. Y amarnos como a nuestro prójimo. Ni más ni menos.

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Autor

Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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