¿Libertad de expresión o difamación?

Cuando lo que decimos de otros vulnera sus derechos fundamentales

Posteado por: Giuliana Caccia , 28/08/2018

Actualmente, y debido en parte al uso extendido de las redes sociales, existe una confusión entre el ejercicio de la libertad de expresión y el derecho a la fama de una persona. Esta línea entre ambos derechos, además, se hace cada vez más difusa debido a la primacía de lo políticamente correcto, que deja de lado lo ético y lo moral dándole mayor protagonismo al relativismo y al subjetivismo. Es decir: vale más lo que yo quiero o pienso, que lo que radicalmente es (y siempre ha sido) bueno o malo. Bajo estos principios individualistas se complica entonces el discernimiento sobre cuándo estamos ejerciendo nuestro derecho a la libre opinión o estamos violando el derecho de otra persona a su fama y a su honra. En este artículo trataremos de dar algunas pautas para aclarar algunos de estos conceptos basándonos en las definiciones originales de estos derechos para que, de esta manera, podamos obtener algunas luces antes de traspasar esas líneas de respeto al prójimo, que causan un daño muchas veces irreparable.

La libertad de expresión

La libertad de opinión y de expresión es un derecho que está contemplado en la gran mayoría de tratados internacionales en distintas partes del mundo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) en el artículo 19 postula: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Si bien la descripción del derecho habla de que no existe limitación en el ejercicio de dicho derecho, es importante acotar que todo derecho implica un deber hacia el otro, y si analizamos bien, se podría inferir que podemos ejercer la libre opinión siempre y cuando no vulneremos el derecho de otro de expresar sus opiniones y difundirlas. En este punto, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, también en el artículo 19, extiende la descripción de este derecho señalando en el punto 3 que: “El ejercicio del derecho previsto en el párrafo 2 de este artículo entraña deberes y responsabilidades especiales (…) a) Asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás; b) La protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas”. Inclusive, en el artículo 20, este mismo documento prohíbe la apología a la guerra, al odio (incluido el religioso), entre otros.

Como podemos ver, el ejercicio del derecho a la libertad de expresión no es ilimitado. Debe considerar varios otros derechos como el de la libertad religiosa y de culto, por ejemplo. Este punto es importante porque hoy es muy común ver que algunas personas se sienten vetadas de dar opiniones políticas o expresar sus puntos de vista éticos porque profesan alguna religión (o ninguna). Inclusive, muchos se ven forzados a mantener silencio por miedo a ser despedidos o aislados por pensar distinto a la mayoría de los colaboradores. Esta forma de convivir cada vez es más común en muchas compañías, espacios públicos e inclusive en las redes sociales. Sin embargo, es importante señalar que esta conducta viola directamente el artículo 18 de la DUDH cuando dice que “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; (…) así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Como mencionamos líneas arriba, otro de los derechos fundamentales que puede violar un ejercicio incorrecto de la libertad de opinión o expresión es el derecho que tenemos todas las personas a la honra y a su reputación. Y esto es lo que pasamos a analizar.

Derecho a la buena fama

El artículo 12 de la DUDH dice: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”. Este derecho, además, está vinculado a otro que, desafortunadamente, está cada vez más manipulado con fines ideológicos: el de la presunción de inocencia.

Hoy es muy fácil salir en redes o en algún medio de comunicación diciendo algo de otra persona así sea “sin confirmar”. Tenemos muchos ejemplos de periodistas que usan este recurso para, explícitamente, dañar la honra de otra persona conociendo que, con el uso de las redes sociales, el daño se extiende como reguero de pólvora y es muy difícil hacer una rectificación hasta el último post que compartió esa noticia falsa. Ya el derecho a la rectificación, si es que procede, jamás podrá ser proporcional al efecto del texto difamatorio. Y así el “miente, miente, que algo quedará” se aplica a la perfección.

Sin embargo, lo más peligroso, creo yo, es el mal uso que hacen personas naturales de este derecho a la libre expresión con el fin de dañar la honra de otras personas buscando “beneficios” personales, ya sea para ascender en el trabajo, no por méritos propios, sino hundiendo a la “competencia” o por simple revancha. Nos hemos encontrado más de una vez con videos compartidos en redes donde una persona graba a otra en algún momento difícil, viralizándose totalmente fuera de contexto, mientras los usuarios dejan comentarios parcializados, creyéndose dueños de la verdad y contribuyendo a un linchamiento público que no tiene cómo repararse.

Del mismo modo, existen otras formas de dañar la honra de las personas que se dan más allá de los espacios virtuales, y que también son importantes de señalar, por ejemplo, en la empresa.

En el espacio laboral

Recogiendo lo expuesto hasta ahora, podemos tener más claro que hablar del derecho a opinar va de la mano con un criterio ético objetivo que tiene que ver con los derechos de los demás. Sin embargo, hay ciertas conductas socialmente aceptadas, y muchas veces promovidas, que también violan derechos fundamentales, pero que al darse en espacios pequeños pensamos que no son tan graves. No es así. Un ejemplo de esto es cuando difamamos a alguien en la oficina cuando está ausente. Y esto no se tiene que dar, por ponernos en un extremo, en el departamento de recursos humanos o frente a un directorio. Difamamos cuando soltamos chismes o comentarios de pasillo sobre los errores ocultos de alguien. Sabemos, en el fondo, que nuestra intención es manchar una honra y que esa información que estamos compartiendo no se va a quedar encerrada en ese espacio. De la misma manera funciona la murmuración —que consiste en criticar los defectos públicos de una persona— y, de manera más grave, la calumnia que busca atribuir a alguien un mal que no ha cometido. Existen otras faltas contra la honra que son la contumelia (injuria lanzada contra alguien en su presencia), la sospecha temeraria (cuando sin fundamento se duda de la conducta o de las intenciones de alguien) y el juicio temerario (asegurar sin fundamento sobre las intenciones de alguien).

Todas estas faltas vulneran el derecho de otra persona y, por lo tanto, no nos debe sorprender que, de haberlas cometido, se nos exija la restitución pública de la fama dañada. Hayamos tenido o no la intención, en justicia debemos rectificar nuestro error, así en este acto veamos menguada nuestra propia fama u honor.

Por todo lo expuesto hasta aquí, es claro que el ejercicio de la libertad de expresión requiere que seamos cautos y prudentes. El “relajo” que puede existir hoy con respecto a la radicalidad de los derechos pueden confundirnos y hacernos cometer errores irremediables. Más vale prevenir que lamentar, por lo que lo mejor es evitar pensar o hablar mal de otros. Y si queremos ser más virtuosos, inclusive podríamos hacer un esfuerzo por encontrarle las cosas buenas al prójimo.

Recordemos que los derechos fundamentales no son un invento relativizado de alguien a quien se le ocurrió un elenco de ideas que podrían funcionar en la vida social. No. Los derechos humanos —los de la declaración de 1948— fueron reconocidos en virtud de la dignidad misma de la persona humana, por lo que entre ellos no debería existir ningún conflicto ni enfrentamiento, sino más bien armonía y compatibilidad.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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