Mente vaga, mente concentrada

Te dejamos algunos consejos para mantener un foco estable

Posteado por: Roberto Lerner , 01/02/2018

Vagar suena feo, por lo menos en dos sentidos: originalmente, cuando nuestra pertenencia a un grupo pequeño era esencial para sobrevivir, ser apartado y condenado a vagar —como lo fue Caín— era lo peor que podía pasarle a una persona. Se convertía en un alma en pena, en un muerto viviente. Y, en una época como la nuestra, obsesionada con la productividad, es el rechazo a las obligaciones, los horarios, el trabajo.

Sin embargo… el modo de funcionamiento habitual del sistema nervioso, el estado -por decirlo de alguna manera- natural de nuestro cerebro, es la vagancia. En el escenario de nuestra mente surgen ideas, imágenes, todo tipo de contenido, de manera más bien ociosa. A menos que, de tanto en tanto, surjan tareas precisas que imponen un control consciente riguroso.

No es que usemos el 10% de nuestro cerebro —la idea es francamente tonta—, pero sí que no sabemos lo que ocurre en el 90% de ese órgano que representa el 2% de nuestro cuerpo, pero se lleva el 20% de la energía que ingresamos en él.

La vagancia mental, el curso juguetón y espontáneo de nuestro mundo interno representa el 30% de nuestra vida. Si asumimos que otro tanto la pasamos durmiendo, la mente ejecutiva que tanto nos preocupa a la hora de estudiar y trabajar, ocupa una parte más bien modesta del escenario psicológico.

El deambular de esa manera pasa factura: disminuye la capacidad de comprender textos, trabajar números, manejar vehículos y aprender conceptos. También, al privilegiar pasado y futuro —siempre idealizados en la fantasía—, nos desconecta del presente o nos lo hace ver de manera negativa, por comparación con todo tiempo pasado fue mejor y el paraíso por venir.

¿Podemos convertir ese desplazarse de liana en liana, esa oscilación entre nadar y saltar en el aire —vienen a la mente monos y ballenas— en un proceso que incremente el bienestar y la salud mental, la autoestima?

Sí, siempre y cuando nos animemos a experimentar con nosotros mismos: por ejemplo, usar la mano que no es dominante —la izquierda si somos diestros, la derecha si somos zurdos— durante 10 minutos al día, recuperar un poema de nuestra memoria, poner atención al paisaje que nos rodea, concentrarnos en algunas de las señales de nuestro cuerpo, no emplear una determinada palabra, no balancear una pierna, no pensar en el almuerzo que se acerca. Como vemos, hacer algo de una manera distinta es igualmente importante que no hacer algo de la manera habitual. Y lo anterior ayuda a mantener un foco estable.

Pero lo mejor es alternar esos estados: dejarnos ir, dar un poco bote desde el punto de vista mental, fluir, como se dice ahora; pero, también, practicar la voluntad, “recableando” nuestro cerebro de manera consciente. Además de lo dicho en el párrafo anterior, aprender un nuevo idioma, un nuevo baile, un instrumento musical, añade al intelecto y las emociones.

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Autor

Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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