Practicar la hospitalidad trae muchos beneficios en la familia

Compartir con nuestros invitados enseña a nuestros hijos a ser más tolerantes y atentos

Posteado por: Giuliana Caccia , 26/04/2017

La hospitalidad: ocasión para aprender

Todos hemos tenido la oportunidad de recibir en casa a un huésped, a un invitado, a un familiar o a un grupo de amigos. De repente en una cena o en una reunión cualquiera. También, tal vez hemos tenido la oportunidad de recibir unos días en la casa a un amigo cercano o a alguien que no conocemos como, por ejemplo, al amigo de un amigo.

Más allá del carácter social de la ocasión —que tiene su valor y requiere la preparación necesaria—, recibir huéspedes en la propia casa es una gran ocasión para ejercitar la virtud de la hospitalidad y para aprender, como familia, muchas otras virtudes relacionadas con la atención del prójimo.

La escuela de la hospitalidad

Hospitalidad, en su significado básico, se refiere a la virtud que se ejercita con los peregrinos, con gente necesitada. También hace referencia a la acogida y recibimiento que se le da en la propia casa a los visitantes o extranjeros. En esta reflexión nos referimos a esta segunda acepción. ¿Qué nos puede enseñar, pues, la hospitalidad?

En primer lugar, la ocasión de recibir un huésped o invitado en casa nos pone en la situación de tener que preparar una serie de cosas. Si, por ejemplo, se trata de una pareja de amigos que vive fuera del país y vienen alojados a nuestra casa, deberemos organizar una habitación o un espacio adecuado, y velar porque todo esté bien puesto, ordenado y limpio. Además de las cosas básicas —como una cama donde dormir, una almohada cómoda, un baño que usar, etc.— debemos atender otros detalles como son los desayunos, almuerzos y comidas. Quizás también debamos organizar alguna actividad con amigos comunes, preocuparnos por cómo se van a trasladar en la ciudad mientras estén allí, entre otros.

Más allá de la lista que se pueda hacer, hay algo que corre por detrás de la hospitalidad y que, de alguna manera, enhebra los preparativos: la preocupación genuina por las personas que vamos a acoger en nuestro hogar. Cuando practicamos la hospitalidad lo hacemos con personas que merecen nuestro respeto y cuidados. Quizá una fórmula efectiva que se podría aplicar cuando hablamos de hospitalidad es una propia del sentido común: tratar a nuestros invitados como nos gustaría que nos traten a nosotros.

Pensando en las personas concretas que vamos a recibir en casa nos podemos preocupar de sus necesidades reales y las podemos atender según nuestras posibilidades. Por ejemplo, si nuestra amiga o amigo sufre de alguna alergia alimenticia o requiere de algún cuidado especial en la comida; o si sabemos que alguno de ellos tiene alergia a los gatos, y en casa tenemos uno, tomar las medidas necesarias.

En segundo lugar, la hospitalidad nos da la ocasión de vivir una dinámica familiar que puede ser pedagógica y enriquecedora. Antes que delegar todo en una persona de servicio, o de que papá o mamá se encarguen de todo, recibir a huéspedes en casa es una ocasión perfecta para hacer un trabajo en familia. Involucrar a nuestros hijos, además, será ocasión para enseñarles muchos aspectos sobre el cuidado de la casa, cómo se atiende a un invitado, etcétera. Si, por ejemplo, organizamos un almuerzo en casa con parejas amigas y sus hijos, además de la logística culinaria y social, tendremos que velar por el entretenimiento de los niños, por procurar salvar nuestros adornos de algún desastre sin caer en prohibiciones exageradas, por cuidar los modales (como esperar para servirnos últimos la comida por más hambrientos que nos sintamos), por aprender a escuchar a los demás, entre otros.

Nuestros hijos, por su lado, tendrán que compartir sus espacios y sus juguetes con otros niños y eso es decisivo en el proceso de educación de la empatía, la generosidad, la paciencia, entre otras virtudes. En ocasiones, sobre todo si vivimos en una casa chiquita o en un departamento, recibir alojados por algunos días, o incluso organizar una comida o almuerzo con invitados, implicará un grado de “incomodidad”. Ello también nos permite aprender como familia a tolerar la incomodidad y a superarla por un bien mayor: poder compartir momentos valiosos con personas a las que estimamos.

En muchos lugares y culturas recibir a alguien en la propia casa es algo muy importante. Abrir las puertas del hogar es, en un sentido, abrir las puertas del corazón de la familia. Preparar una cena para un huésped —sea quien sea— es un honor. Hay historias conmovedoras de gente muy pobre que cede incluso lo poco que tiene para que el huésped se sienta en casa.

Desde esa perspectiva, practicar la hospitalidad nos brinda una gran enseñanza: cuando damos nos enriquecemos. El tiempo invertido, los cuidados prodigados, incluso el dinero gastado, son una excelente inversión pues recibiremos a cambio algo invalorable: la satisfacción de haber creado una ocasión de encuentro con personas que experimentarán el amor a través de nuestros detalles y atenciones. Solo por eso, ya vale el esfuerzo.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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