¿Sabes la diferencia entre "vida buena" y "buena vida"?

Acompáñanos a reflexionar sobre la educación de nuestros hijos

Posteado por: Giuliana Caccia , 23/02/2017

Si le preguntamos a un padre o madre de familia qué es lo que más quisieran para sus hijos, sin duda, la gran mayoría respondería: que sean felices. Hasta ahí la respuesta suena lógica y sensata. A esta pregunta seguiría otra: ¿Qué es ser feliz? ¿Cómo se alcanza? ¿En qué consiste? ¿Triunfos académicos? ¿Reconocimiento social? ¿Éxito económico? ¿Desarrollo profesional? ¿Plenitud afectiva? ¿Encontrarle sentido a la vida? Es en este segundo cuestionamiento en el que muchos nos entrampamos, porque si bien queremos que nuestros hijos sean felices, quizá no tenemos tan claro a qué felicidad apuntamos cuando los educamos. Y no es raro que esto nos suceda. Si damos una mirada a diversas propuestas actuales de felicidad, encontraremos desde un concepto hollywoodense hasta uno netamente religioso. Entonces, ¿por cuál debemos optar?

¿Vivir la buena vida o una vida buena?

Encontrar la verdadera felicidad, como se podrán imaginar, no puede ser motivo de este post. Sería bastante pretencioso y poco efectivo, además. Sin embargo, sí hay un ángulo sobre el que podemos reflexionar en relación a la educación de nuestros hijos y su felicidad. Tiene mucho que ver con las preocupaciones actuales que son alimentadas por el consumismo y el materialismo que caracterizan los patrones familiares educativos. ¿Un chico alcanzará la felicidad si solo nos preocupamos por cubrir sus necesidades materiales y nos centramos en sus logros académicos, profesionales y deportivos?

Definitivamente, no. Y ejemplos en la historia pasada y reciente tenemos muchos. Personas que, a los ojos del mundo tenían todo y que terminaron inclusive cometiendo suicidio, son tristes testimonios que evidencia que felicidad y éxito no se identifican necesariamente. Y es que vivir bien no es exclusivamente tener una buena vida sino también una vida buena… que no es lo mismo. Lo primero se centra únicamente en el éxito social y material. Lo segundo, sin despreciar necesariamente el triunfo económico, se centra en una vida virtuosa y honesta, enriquecida con valores trascendentes y capaces de integrar racionalmente los bienes externos para no quedar sometidos a ellos.

Cuando meditamos sobre cómo tener una vida buena, surge otra pregunta importante: ¿cuál es el equilibrio entre proveer para que los hijos no sientan carencias básicas, que no les permita crecer en aspectos esenciales de la vida, y darles más de lo necesario hasta el punto que pierdan el estímulo para trabajar más y mejor por superarse? La respuesta, como el punto medio, no es exacta. Sin embargo, considerando las realidades concretas, una posible solución podría ser que los chicos no sientan que tienen tantos recursos materiales como para paralizarse en su mejora y crecimiento humano y moral. Solo una persona educada para ser virtuosa —esto es, entre otras cosas: bondadosa, honesta, justa, generosa, fuerte, trabajadora y responsable— podrá poner la abundancia económica en el lugar adecuado en caso accediera a ella. Y no sufrirá lo que, por ejemplo, le ha pasado a muchos deportistas al estilo Mike Tyson: el éxito y la riqueza material se convirtieron en su mayor pobreza. Por eso, saber diferenciar entre “vida buena” y “buena vida” es muy importante y puede ser una buena guía para evitar la confusión que se da en la actualidad.

¿Qué es la “vida buena”?

Tradicionalmente cuando se hablaba de educar y culturizar a una persona, se incluía siempre el cultivo interior, es decir, el cultivo de la dimensión espiritual de la persona. Ello incluía el cultivo de la inteligencia (aprender a pensar), de la voluntad (aprender a querer el bien y poner los medios para conseguirlo), de la afectividad (aprender a querer a los demás y dejarse querer). Si analizamos bien, de lo que se trata es de educar las facultades superiores del hombre, aquellas que nos hacen ser únicos en el mundo creado y que nos diferencian de los animales.

Aspirar a la vida buena es uno de los caminos más importantes que los padres debemos recorrer con nuestros hijos si queremos que sean felices. ¿Saben por qué? Porque el deseo y la posibilidad de ser felices es algo específico de los seres humanos. Por lo tanto, si la felicidad es exclusiva del hombre, alcanzarla debe ser algo que está relacionado con el espíritu. Si nos olvidamos de cultivar esa dimensión, el camino se tornará imposible. Desafortunadamente, la cultura actual (que muchas veces es más una anti-cultura) nos invita a vivir totalmente lo contrario, es decir, a vivir gobernados por los instintos y emociones del momento, dándole protagonismo a las facultades humanas inferiores.

Así se entiende que cuando los padres nos centramos únicamente en darles todo lo materialmente posible y complacer inmediatamente todos sus caprichos, estamos poniendo en riesgo la oportunidad de ser felices de nuestros hijos. Es más, si les enseñamos que la felicidad está solo en cosas materiales concretas, el deseo de felicidad no se podrá calmar nunca —siempre habrá algo que no tenemos y queremos— y la sensación de frustración será cada día más grande y más dolorosa. Por ello, repito, cuánto más plena sea la dimensión espiritual en la vida de un hombre, mayor posibilidad tendrá de alcanzar la felicidad.

Esto nos lleva a una última reflexión: ¿en dónde, entonces, se puede aprender sobre la verdadera felicidad? ¿Cuál es la escuela privilegiada? Pues la familia. Si la felicidad es objeto fundamental de la educación y si la familia es el ámbito natural de educación, el mejor lugar para preparar a las personas para una vida feliz es la familia. Es ahí donde están las mayores oportunidades para el aprendizaje de los valores auténticos y de las virtudes. Además es donde uno puede ser, sin temores ni prejuicios, uno mismo porque se le quiere por lo que es, y no por lo que hace o tiene.

A nuestros hijos debemos prepararlos para que puedan integrar los distintos aspectos de la vida desde una dimensión más profunda. La familia, el trabajo, los amigos, las aficiones, todo cooperará para el bien de la persona y de sus semejantes en la medida en la que esté integrado armónicamente en el corazón de la persona. ¿Podemos imaginar a alguien muy feliz en su trabajo pero profundamente infeliz en su casa? Difícil, pues algún nivel de desintegración habrá. Para que nuestros hijos logren esa armonía e integración quizá lo más efectivo no es darles grandes conferencias o lecturas sobre qué es la felicidad. Lo más efectivo es darles un buen ejemplo. Sí, nuestro ejemplo de felicidad. Qué mejor para ellos que vean que vivimos una vida buena, y así somos responsables con la familia, somos buenos amigos, buenos ciudadanos. ¿Estamos preparados?

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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