Siembra la empatía en el hogar

Enseñemos a nuestros hijos a ponerse en el lugar del otro

Posteado por: Giuliana Caccia , 27/03/2017

El escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald tiene una línea impactante en su famosa novela El gran Gatsby: "Cuando sientas deseos de criticar a alguien (...) recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste."

¿Cuántas veces nos tomamos la libertad de juzgar a otras personas desde una mirada superficial de los hechos? La difusión de información y de opiniones a través de las redes sociales y de algunos medios de comunicación han incrementado —quizá desmedidamente— esta mala costumbre. Se denuncia, se juzga sin mayor sustento que la emoción o la histeria colectiva. ¿No habría que validar la información antes de emitir un juicio?

Hay una situación en la que se torna particularmente dañino el hábito de criticar y juzgar sin más: cuando en el ámbito de la familia estamos en presencia de los niños o cuando —sea en el trabajo o algún grupo social— nos encontramos frente a personas que van a tomar nuestras palabras como ciertas. Sería muy irresponsable no tomar conciencia del peso que nuestras opiniones pueden tener y, más aún, de la influencia que nuestro ejemplo va a ejercer sobre esas personas. ¿Queremos que nuestros hijos o seres queridos adopten esa mala costumbre, que por lo demás daña más a quien habla mal que a aquel de quien se habla? Esta actitud tiene además otra consecuencia muy negativa para aquellos que dependen de nosotros, especialmente nuestros hijos: los estamos privando de vivir la empatía.

¿Por qué es importante la empatía?

La empatía es la capacidad de darse cuenta de lo que vive otra persona sin que nos lo diga. Podría describirse también como esa cualidad que nos permite “ponernos en sus zapatos”, pero con una aclaración: siendo capaces de entender cómo piensa, siente o actuaría el otro, y no cómo nosotros lo haríamos en una situación similar. Esto último se llama simpatía, que no es lo mismo.

Nuestro hogar y nuestro trabajo son lugares privilegiados para vivir la empatía. Como en ningún otro sitio, allí tenemos la oportunidad de vivir pendientes de los demás. Esto es imprescindible para educar en esta virtud. La vida cotidiana, por ejemplo, en la casa nos ofrece múltiples ocasiones para tratar de percibir cómo se siente la pareja, los hijos, los parientes. Lo mismo dígase de la oficina. Las dinámicas familiares y laborales siempre ofrecen la posibilidad de educar (y educarnos) en el respeto al otro, en aprender a escuchar opiniones diversas a las nuestras y procurar entender sus razones, en sintonizar con lo que la otra persona pueda estar experimentando. Todo ello contribuye a cultivar la empatía.

La falta de empatía genera, además de las malas actitudes que ya hemos señalado, un fenómeno lamentablemente hoy muy difundido: el bullying. Si no educamos a los niños a preocuparse por el otro, los hacemos más proclives a caer en esa dañina actitud. La empatía elimina la burla y propicia el interés auténtico por los otros. Por ejemplo, si nuestro hijo nos cuenta que se ha peleado con alguien en el colegio, ¿lo ayudamos a analizar qué pudo haber pasado por la cabeza del contrincante? ¿Lo invitamos a comprender por qué la otra persona pudo actuar de esa manera, qué le pudo molestar? ¿O simplemente decimos: “Bien hecho que le hayas respondido así, que aprenda a no meterse contigo”, sin haber siquiera ahondado en los pormenores de la situación? Si desde la casa educamos a vivir la empatía, estamos también contribuyendo a erradicar esa lacra social que hace tanto daño en las escuelas y grupos sociales. Es, pues, muy importante que nos analicemos para descubrir cómo estamos viviendo esta habilidad, si en nuestro día a día nos estamos preocupando por los demás o solo vivimos en función de nosotros mismos. Debemos esforzarnos por ser modelos de empatía, y podemos empezar escuchando a nuestros hijos, o familiares más cercanos, descubriendo lo que piensan y sienten.

Hoy nos encontramos constantemente con la triste realidad de escuchar sobre personas que han participado de la vida pública del país y han cometido errores de diversa índole. Lo vemos casi a diario en los medios. Es una buena oportunidad para enseñarle a nuestros hijos, con ejemplos palpables, las consecuencias de una mala acción o una mala decisión. Pero también es ocasión para enseñarles la empatía y la compasión. Antes que insultar o inmediatamente hablar mal de la persona en cuestión, enseñemos a validar la información, cultivemos la consciencia de que todos somos frágiles y que nadie está libre de cometer un error fatal. La empatía nos ayuda, sin ocultar la verdad, a aprender a medir con la misma vara que quisiéramos que nos midan a nosotros. Ya lo dijo Cervantes en el Quijote: “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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