¿Todos los derechos son imparciales?

Reflexionemos sobre la “cultura del derecho” que vivimos en la actualidad

Posteado por: Giuliana Caccia , 15/12/2017

Vivimos en el tiempo de la defensa de los derechos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) parecería haberse quedado corta frente a la realidad personal, social y cultural que hoy se observa. Cada cierto tiempo, grupos salen a reivindicar derechos (que algunos llaman "neo" o "pseudo" derechos) que aparecen no como un reconocimiento de realidades concretas y naturales sino como la legitimación de conductas o incluso preferencias de diversa índole. Esto ha ido llevando a que diversos movimientos pujen por “despenalizar” dichas conductas o preferencias de modo que se conviertan a la vista de todos en algo no solo aceptable sino bueno o incluso deseable.

El objetivo de este post no es entrar a analizar estos derechos o la dinámica política que tienen detrás. Mi interés al mencionarlos es más bien señalar cómo esta atmósfera sociocultural nos afecta no solo de manera personal sino también profesional. Y para hacerlo primero quisiera explicar algunos conceptos de manera breve para fundamentar mejor mi punto.

Ante todo, debemos entender que los derechos reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos no fueron un invento creativo de alguna mente genial de la época. Estos derechos, repito, son reconocidos como inalienables a toda persona humana luego de que se observara la naturaleza y se entendiera cómo es que un ser humano puede desarrollarse de manera positiva, tanto personal como en sociedad. Sin duda, tienen un sustento antropológico muy significativo. Del mismo modo, los derechos no pueden contradecirse o anularse entre sí. Sin embargo, bajo esta lógica, es que hoy nos encontramos con una realidad muy dura: la DUDH ha sido la declaración más violada de la historia.

¿Qué tiene que ver esto con nuestro desempeño profesional? Tiene que ver con que las generaciones más jóvenes —por ejemplo, lo millenials o la generación X— han nacido, crecido y se han formado en este mundo de "derechos" que, desafortunadamente, son parciales, buscan el bien de un grupo por encima de todos o desconocen elementos fundamentales de la vida en sociedad. Para explicarme mejor, quiero poner algunos ejemplos. ¿Cuántas veces hemos sentido que tenemos el derecho a la libre expresión y en el afán de ejercerlo nos hemos olvidado que existe también el derecho a la honra y a la fama? ¿Alguna vez no hemos dicho "tengo derecho a relajarme y disfrutar" y hemos terminado en una situación de consumo excesivo de alcohol poniéndonos (y poniendo a otros) en una situación de peligro? ¿O no hemos llegado a tiempo al trabajo al día siguiente por una fuerte resaca o, tal vez, nos hemos reportado enfermos? Y el más común: "Tengo derecho a ser feliz" y en el ejercicio de este "derecho" hemos sido infieles, o hemos faltado el respeto a otra persona, haciéndole mucho daño.

Como podemos ver, no todo lo que sentimos como "es mi derecho" lo tenemos que hacer o necesariamente es algo bueno. Y para evitar caer en estos errores, entre otros recursos, debemos ejercer nuestra capacidad para detenernos y reflexionar antes de actuar. Es muy importante discernir en estas situaciones. Cuando escuchamos una voz interior que nos dice “hazlo, estás en tu derecho”, tenemos un varios motivos para desconfiar y evaluar. ¿Realmente es mi derecho? ¿Cuáles serían las consecuencias de mis actos? ¿Qué derechos de otras personas podría vulnerar? Debemos sopesar y recién entonces tomar una decisión.

También ayuda mucho educarse en el autodominio. Ello nos permitirá poner el adecuado freno a nuestras “ganas de hacer algo” y darnos el espacio y tiempo para pensar, discernir. Necesitamos mirar más allá de nuestras narices, evaluando cómo una conducta determinada puede afectar a otras personas y nuestro propio futuro. Un ejemplo que no se limita ya solo a excepciones sino que cada vez se vuelve más frecuente: el "derecho" a la libertad sexual. En el ejercicio de este “derecho” uno puede terminar infectado con alguna enfermedad de transmisión sexual, y luego de muchos años, el cónyuge o los hijos verse contagiados. ¿Alguien tiene derecho a hacer algo así?

Desafortunadamente, esta cultura de derechos se ve exacerbada por la cultura de la velocidad y de la inmediatez. La paciencia y la capacidad de postergación del disfrute son conceptos considerados cavernarios. Por eso, no es difícil no ser dominados por los impulsos y, en esta falta de autodominio, caer en problemas tanto personales como laborales.

¿Cómo discernir entre lo que merecemos realmente de aquello que no nos conviene? ¿Cómo adquirir esa capacidad para ver un poco más allá, con perspectiva, antes de emprender una acción? La respuesta puede sonar simple pero su ejecución requiere esfuerzo y disciplina: formarnos. Pero no solo en lo técnico o profesional, sino también empeñarnos en una formación humana. Sí, esas disciplinas llamadas “humanidades”, que hoy se han eliminado de la currícula de muchas universidades con el argumento de que estas no suman a la formación profesional porque no se utilizan en el trabajo concreto, aportan una perspectiva, un bagaje de experiencia inapreciable. ¿De qué le puede servir a un ingeniero civil estudiar algo de filosofía o a un médico conocer la historia de la misma medicina? De mucho, por más que no se vea una relación causal práctica inmediata. ¿Queremos un ejemplo evidente? Pensemos en lo conveniente que sería para la lucha contra la corrupción que muchos ingenieros, economistas o administradores reciban buenos cursos de ética.

Aunque muchas veces las apariencias nos quieran contradecir, la historia humana enseña que las únicas ciencias que no se vuelven obsoletas son precisamente las humanidades. La técnica cambia, evoluciona o caduca. Y la única forma en la que un profesional pueda adaptarse o enfrentar estos cambios es porque entiende que el ejercicio de la profesión va más allá de la técnica, la ciencia o los números y tiene que ver mucho más con los que hacen posible que se logre los objetivos: las personas.

Finalmente, solo en un conocimiento real de quién es el ser humano, qué le hace bien y cómo alcanza la verdadera felicidad es donde un profesional puede sustentar su desarrollo laboral con integridad y equilibrio, sin dejarse llevar por corrientes, modas o estilos de vida coyunturales o generacionales y que muchas veces llevan a las personas por el camino equivocado. Además, podrá entender que la base esencial de la convivencia armónica no se da solo en el respeto de los derechos sino, y sobre todo, en el cumplimiento de los deberes.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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