Trabajar para vivir y no vivir para trabajar

Nuestro especialista nos trae una gran reflexión sobre el trabajo

Posteado por: Roberto Lerner , 02/01/2018

Lo relacionado con dar a luz y trabajar, vale decir, reproducción y producción, hacen el grueso de nuestros afanes terrenales. Esa no fue, sin embargo, la intención inicial. El Creador puso a los primeros dos ejemplares en un lugar donde se iban a rascar la panza, que nunca iban a albergar futuros seres sino solamente deliciosas frutas obtenidas gratuitamente, por toda la eternidad. Pero ya sabemos lo que pasó: por desobedientes ahora nuestras frentes sudan y nuestros partos son dolorosos.

Y desde entonces, nos pasamos buena parte de la vida vendiendo y pagando, sobre todo para que nuestros hijos puedan en el mediano y largo plazo… vender y pagar. Pero, a ver, siendo algo más positivos, la civilización ha ido democratizando algo de ocio, que antes estaba exclusivamente en las manos de algunos privilegiados: descanso semanal universal, vacaciones anuales, pasatiempos, juegos, parques de diversiones, entretenimiento audiovisual, mundos virtuales, museos, novelas, revistas, reservas ecológicas, turismo. Son algunas de las maneras en que compramos o alquilamos pequeños momentos que recrean el paraíso perdido. Las otras exoneraciones del castigo divino son invertir tiempo en asegurar una estadía definitiva en la sala VIP del paraíso en la otra vida, vale decir el compromiso religioso o alguna de sus variantes laicas como el voluntariado, la política u otras formas de activismo.

Pero, ¿qué pasaría si todo fuera trabajo, si cualquier recreo fuera visto con recelo, si ninguna ociosidad fuera permitida? Ni felices fiestas, ni buenas vacaciones, ni excelente fin de semana, serían deseos aceptables, y el descanso solo aplicaría como reparación de la maquinaria con el fin de que siga funcionando.

Las conversaciones, todas, en todos los niveles y todas las edades, girarían alrededor de tareas y cómo hacerlas mejor, más rápido, de manera más productiva. Hasta aquello que pone el trabajo entre paréntesis —comer, dormir, hacer el amor, rezar, pasear, por ejemplo— serían vistos bajo la luz de cuánto mejorarán el desempeño laboral.

¿Drogas? Solo las que nos ponen más alertas, nos permiten estar más tiempo activos. ¿Concursos? Sí, claro. ¿Quién se queda más tarde en la oficina, cuál es la película que mejor muestra las vidas de los muertos en el lugar de trabajo, cuál es el descubrimiento científico que permite duplicar nuestra capacidad muscular, quién puede quedarse más tiempo despierto analizando una hoja de cálculo? Nuevas maneras de ver el Óscar, el Nobel, las disciplinas deportivas.

La gente ya no tendría historia sino solamente CV, preguntar por pasatiempos tendría como objetivo descubrir transgresores, los datos censales y personales, así como los documentos de identidad, solo incluirían datos relevantes a trabajo y profesión, los únicos que podrían figurar en guías físicas y virtuales. En resumen, la pregunta más importante para saber de alguien sería: ¿dónde y en qué trabajas, qué haces y cuánto haces?

No, no estamos ahí, pero si juzgo por lo que escucho en mi consultorio y en conversaciones con ejecutivos de empresas, en entrevistas de candidatos a puestos de trabajo o participantes en talleres, tampoco tan lejos.

El trabajo controla nuestras vidas, que, aún en sus dimensiones extra laborales, está organizada como un trabajo, una serie de tareas y procesos definidos sobre el telón de fondo de un tiempo presupuestado y lleno solamente de lo hecho y lo pendiente, con objetivos como priorizar, delegar, planear y evaluar siempre en mente.

Una mente dominada por la tensión, la presión, la convicción de que siempre hay algo por hacer y la culpa de que quizá se está malgastando el tiempo, ese enemigo que siempre nos deja en posición adelantada, o no siendo suficientemente productivos. El trabajador total y permanente no tiene otro objetivo que una actividad centrada en ser útil.

Obviamente, en ese contexto centrado en lo hecho y por hacer, además de lo desgraciadamente no hecho, no deja lugar a otra vivencia que la insatisfacción, la oportunidad perdida, la pereza que no se pudo vencer. La belleza, la contemplación, la curiosidad, el sobrecogimiento, el juego —casi nunca ligados a la utilidad— no tienen lugar en esa correría, desgraciadamente.

¿Te gustó este artículo?

Suscríbete a Piensa Pro Futuro Newsletter y entérate siempre de las nuevas publicaciones.

Autor

Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

Comentarios