El rol de los padres en los juegos de los niños

Descubre por qué es importante que los papás interactúen con sus hijos

Posteado por: Roberto Lerner , 26/03/2019

Colorear, armar bloques, manualidades, todo eso que los padres debemos hacer, supuestamente, con nuestros hijos cuando aún no pueden pasar largos ratos frente a la pantalla de móviles o se los hemos sacado de las manos, no siempre es fácil. No solamente por cuestiones de tiempo en esta época llena de tareas, sino que sumado a ello se presentan las recargadas agendas de los pequeños en la creciente tercerización de su crianza.

Nos hemos desacostumbrado a lo lúdico en sus versiones más antiguas. Muchos padres jóvenes se sienten inadecuados, poco preparados, nada deseosos de responder al llamado “papi/mami, juega conmigo”. Como me decía recientemente una madre de 2 niños con un tercero en camino, “toda la pesadez del embarazo, de la crianza, del trabajo a medio tiempo, se me empozan en el alma, para parafrasear al poeta, y la idea de poner las rodillas en el suelo y comenzar a arrullar muñecas y hacerlas tomar su lechecita, es insoportable”. Palabras más, palabras menos, hombres y mujeres viven culposamente esta suerte de ludofobia.

Comencemos por recordar, no está demás, que el ocio hogareño es algo bastante reciente en los hogares de clase media y que los manuales de crianza hasta hace 100 años planteaban de manera explícita que los padres, sobre todo las mamás, debían mirar los juegos infantiles como policías que supervisaban, para que no derivaran hacia actividades prohibidas, pero sin intervenir en ellos. Irónicamente, en esas épocas decididamente machistas, eran los papás quienes podían permitirse interacciones físicamente juguetonas con sus hijos varones.

Claro, luego de la segunda guerra mundial, el péndulo —que también se mueve de un extremo al otro en cuestiones de educación— estaba de regreso y el vacilón intergeneracional no solo era deseable, sino obligatorio y no se trataba solamente de proveer necesidades, sino de satisfacer deseos. A saltar, a correr y a apilar que el hogar se convertía en un terreno de juego que dejaba la seriedad fuera de sus linderos. Y los padres pasaban a ser comediantes, anfitriones y proveedores de placer.

Y, claro, ahí estaban todos los resultados de cientos de investigaciones. Los niños cuyos padres se involucran en el juego, promueven el placer compartido, son más imaginativos, resuelven mejor los problemas, aprenden más, se comunican con mayor facilidad, se desenvuelven con mayor éxito en contextos sociales complejos, es decir que sus perspectivas de escalar en el mundo profesional y familiar son óptimas.

Pero resulta que las condiciones han cambiado, así como las expectativas y las doctas recomendaciones provenientes de la ciencia y sus difusores. Sobre todo un aspecto de la vida cuando ya hemos recorrido la cuarta parte del siglo XXI: la victoria de lo práctico, de la estructura, de la instrucción clara, sobre aquello demasiado abierto e indeterminado. Y no solo en lo que respecta a las actividades económicas.

Nuestros juegos se han vuelto precisos, llevan contabilidades exactas, traen jurados que se pronuncian tajantemente frente a los concursos de talentos, videojuegos o talleres, hay un resultado definido que se obtiene o no, un aprendizaje que se adquiere o no y un premio que se merece o no.

¿El juego por las puras? Pues, conciliar autenticidad, presencia, supervisión, distancia y gustos, no es fácil, pero, de tanto en tanto y aunque no sea fácil, es una buena idea poner las rodillas en el suelo.

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Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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