La cadena de violencia en nuestra sociedad

Reflexiones sobre cómo cortar eslabones e iniciar un cambio

Posteado por: Giuliana Caccia , 20/05/2019

Una mirada rápida a las noticias del día nos deja, lamentablemente, con un saldo constante: vivimos en una sociedad violenta. Los noticieros, muchas veces, son un rosario de crímenes, robos, peleas, litigios de distinta índole, violencia familiar, etc. Por otro lado, tenemos que reconocer, con pena, que el nivel de inseguridad que se percibe en la vida cotidiana de nuestras ciudades nos hace sentir, de diversas formas, amenazados. Incluso, si tratamos de ver debajo de estas manifestaciones más grotescas de violencia en nuestra sociedad, podremos descubrir otras tantas muestras de un “problema” que nos está afectando más de lo que pensamos. En ese sentido, consideremos dos realidades que, en mayor o menor medida, todos vivimos cotidianamente y que pueden ser ilustrativas para nuestra reflexión.

En primer lugar, pensemos en el tráfico. Lima, ciudad en la que yo vivo, tiene una dificultad muy seria con los embotellamientos. Las horas al día que se gastan en movilizaciones es un tópico común en cualquier conversación. El cansancio, la frustración por desperdiciar tiempo valioso en una cola de autos que avanzan a paso de hormiga y la indignación por la manera cómo se transgreden las reglas de tránsito, son elementos que contribuyen a configurar una forma particular de agresividad latente que de tanto en tanto emerge en un insulto, un grito, una serie ininterrumpida de bocinazos o una pelea verbal o física. Y lo peor es que nos estamos acostumbrando a que no hay nada que hacer y que eso es “lo normal”. Quizá cuando viene alguien del extranjero y nos dice “manejar en Lima es como ir a la guerra”, tomamos un poco de consciencia del nivel de violencia y agresividad que se manifiesta en este ámbito de nuestra vida social.

Otro espacio, de naturaleza diversa, son las redes sociales. Twitter y Facebook no pocas veces se convierten en auténticos campos de batalla en los que pareciera que muchos encuentran un medio para canalizar su cólera y frustración. Llueven insultos, agresiones, comentarios denigratorios que manifiestan poca tolerancia y capacidad de diálogo, y muy poca empatía por los demás. Algunos temas, como la política por ejemplo, son particularmente propensos a encender pasiones y desatar peleas verbales de alto calibre. Lo más triste es que este tipo de intercambios —poco civilizados, por cierto— terminan polarizando opiniones sin llegar a nada productivo.

Estos dos ejemplos tomados de nuestra vida son interesantes de analizar si los vemos como ámbitos de interacción social en los que también se manifiesta y se sufre violencia de manera quizá más solapada. Por lo visto, es certero afirmar que estamos en una especie de círculo vicioso de violencia. “La violencia genera más violencia”, dice un refrán popular. Y eso es exactamente lo que nos está sucediendo como sociedad. La pregunta que conviene hacerse es ¿por qué sucede esto? Si afirmamos que estas son manifestaciones, quiere decir que en el interior de cada persona algo está sucediendo para que luego se produzcan esas demostraciones de violencia. ¿Qué podemos hacer?

Como decíamos al inicio, este problema no está fuera de los límites de nuestra vida o de nuestra casa. Comencemos por reconocer que somos parte de una cultura violenta en la que cada día parece importar menos el bien común, la dignidad de las otras personas, y prima la ley del más fuerte. Querámoslo o no, vamos asumiendo formas y comportamientos que quizá al inicio nos parecen chocantes pero que poco a poco van siendo asimilados como parte de la normalidad. El caso del manejo, en este sentido, es evidente. ¿Cuántas veces reaccionamos mal ante lo que consideramos una provocación y ni siquiera pensamos si somos nosotros los que hemos hecho algo incorrecto primero? ¿No caemos también a veces en la actitud negativa de arremeter verbalmente contra otros? Pero, volviendo a la pregunta anterior, además de tomar consciencia de que estamos inmersos en un espiral de violencia, ¿qué podemos hacer para contribuir a revertir la situación?

Retomando el refrán, si la cadena de violencia que genera más violencia necesita una continuidad para perpetuarse y crecer, quizá la manera de generar un movimiento contrario sea “sacar” eslabones de esa cadena de manera que se rompa la continuidad. En esa línea, hay algo que todos, sin excepción, podemos hacer: revisar nuestra conducta y comenzar a cambiar actitudes concretas, empezando en nuestra familia, que es el círculo más íntimo y cercano que tenemos, y siguiendo con nuestros amigos y en nuestros lugares de trabajo. Frente a la ola de violencia, esto puede parecer una banalidad. Pero no lo es, sobre todo si lo entendemos como una manera de sumarnos a un cambio positivo que se debe ir multiplicando por el ejemplo. No subestimemos la potencia de cambio que puede tener un buen ejemplo.

Detengámonos en la familia. Si el padre y la madre se entienden como un eslabón entre la sociedad y sus hijos, pueden ser parte de la cadena de violencia o pueden ser un elemento donde se rompa la continuidad de la misma, introduciendo un pequeño cambio. Esto se manifiesta, por ejemplo, en el uso que se hace del habla en las relaciones familiares, el tipo de actitudes que se alaban o se critican, el trato que se da a conocidos y ajenos. ¿Permitimos agresiones verbales en la familia? Cuando vamos en el auto, ¿gritamos sin importarnos quién está con nosotros? ¿Hablamos mal de otras personas? Pensemos, qué sucedería si andando en el auto con nuestra familia cometemos una imprudencia —a todos nos puede pasar— y el otro conductor reacciona agresivamente y nos insulta. Si reaccionamos quizá nos veamos impulsados a insultar también o vociferar un “ya, avanza y no me hagas problemas”. ¿Qué mensaje se transmite al otro conductor o, peor aún, a nuestra familia? Por el contrario, ¿qué mensaje damos si es que ante el insulto pedimos perdón por la imprudencia cometida y no caemos en el juego de “gana el que grita más fuerte”?

Como en el ejemplo relatado, aparentemente intrascendente, nos encontraremos todos los días con muchas situaciones en el hogar, en el trabajo, en la calle, en las que está en nuestras manos continuar con el espiral de violencia o detenerlo. Son gestos y actitudes pequeñas, casi intrascendentes, pero que multiplicados van generando una corriente de transformación. La suma de personas comprometidas a no seguir propagando violencia es una esperanza de cambio. Tal vez sea lento, pero llegará. Y mientras antes comencemos, mejor.

¿Te gustó este artículo?

Suscríbete a Piensa Pro Futuro Newsletter y entérate siempre de las nuevas publicaciones.

Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

Comentarios