La comparación y sus efectos positivos

Descubre cómo utilizarla de manera asertiva para tu crecimiento

Posteado por: Giuliana Caccia , 19/08/2019

Comparar suele ser un acto frecuente y normal, muchas veces hasta inconsciente. De hecho, en el proceso de desarrollo personal todos nos comparamos con otras personas entendiendo este ejercicio en un sentido básico: fijarnos en otros y establecer con ellos relaciones de semejanzas y diferencias. Desde niños hemos crecido, aunque quizá no tengamos un recuerdo efectivo de ello, en distintos ámbitos en los que la comparación ha estado presente. Recordemos, por ejemplo, la típica frase que puede escucharse en muchos hogares: “por qué no aprendes de tu hermano mayor que estudia y hace sus tareas sin que haya que estar repitiéndoselo todo el día”. O al profesor de colegio tratando de exhortar a sus alumnos: “si logramos superar los resultados de la otra sección al final del semestre, les prometo que haremos un paseo”. Sea una comparación positiva o negativa, ésta forma parte de nuestro crecimiento y es muy raro encontrar a alguna persona exenta de ella.

Si nos detenemos a analizar el ejercicio de compararse, veremos que este puede establecerse sobre casi cualquier realidad personal utilizando al menos dos términos de comparación. Uno puede comparar, por ejemplo, capacidades y talentos, bienes, aspecto físico, posibilidades y un largo etcétera. Por otro lado, la comparación puede venir de fuera —es decir, alguien nos compara con un tercero, como en los ejemplos que pusimos al inicio—, o es uno mismo quien interiormente se compara con otros. Desde el punto de vista de los efectos que puede tener la comparación sobre nuestro crecimiento, también son muy variados. Para algunos, efectivamente, mirar a otro como un ejemplo positivo puede ser un estímulo que ayude a superarse, a crecer y a ser mejor. Para otros, sin embargo, puede ser un proceso que incide negativamente en la percepción que se tiene de uno mismo, en los sentimientos que le genera y en el desarrollo de capacidades en la vida. La pregunta que surge, entonces, es ¿cómo afrontar y manejar la comparación de manera que sus efectos sean positivos?

Para efectos de esta reflexión, vamos a intentar pensar en dos formas en las que la comparación puede presentarse en nuestra vida. En primer lugar, cuando somos nosotros los que hacemos una comparación entre dos o más personas. Por ejemplo, si tenemos hijos, comparamos a uno con el otro, o a uno de nuestros hijos con el hijo de un amigo. La segunda forma, es cuando nosotros somos uno de los términos de la comparación. Es decir, alguien nos compara con otro, o nosotros mismos nos comparamos con alguien. Si bien los campos se entrecruzan, es útil hacer esta distinción para iluminar el proceso sobre el que queremos reflexionar.

Comparar a uno con otro no tiene, en principio, una carga negativa o positiva. Puede tratarse de un acto descriptivo. Por ejemplo, Juan es más alto que Pedro; María tiene un puesto de trabajo mejor remunerado que Ernesto; mi hijo menor juega mejor al fútbol que el mayor. Ahora bien, la valoración que le demos a esta constatación objetiva dependerá de muchos factores. Por ejemplo, la intención, la oportunidad, la realidad de la otra persona. Por ello, cuando vamos a comparar a dos personas —la primera forma de comparación que mencionamos—, nuestra principal preocupación debe ser siempre buscar el bien de la persona a la que vamos a poner como uno de los términos de la comparación. En otras palabras, tenemos que tomar en cuenta su realidad, los motivos por los que vamos a compararlo con otro, la oportunidad de hacerlo, el objetivo que perseguimos al hacerlo. No basta la comprobación del hecho. Es más, dicha comprobación puede ser considerada una suerte de “herramienta” que podemos usar para el bien o para el mal del otro. En ocasiones, quizá llevados por la impulsividad o la impaciencia, soltamos frases cuyos efectos no medimos y pueden hacer mucho daño. Volviendo a uno de los ejemplos iniciales, la frase “por qué no aprendes de tu hermano mayor que estudia y hace sus tareas sin que haya que estar repitiéndoselo todo el día”, lejos de ser un estímulo saludable para que el otro hijo sea más responsable, puede ser el inicio de un camino autodestructivo que tendrá efectos negativos en la vida de ese niño. Ciertamente la madre o el padre no tuvieron la intención de hacerle un daño. Precisamente por ello, se debe pensar muy bien antes de lanzar una frase de ese tipo. Lo mismo puede aplicarse a otros ámbitos de la vida, como el trabajo, las relaciones sociales, etc. De más está decir que, si detectamos que la comparación tiene una intención claramente negativa, como hacer sentir mal a la otra persona, es algo que nunca se debe hacer.

El segundo caso es más complejo. Cuando somos nosotros mismos los que nos comparamos con otras personas, normalmente esto se da en medio de un entramado de pensamientos, sentimientos, expectativas personales y nuestra historia. Es saludable realizar el ejercicio de escuchar lo que dicen nuestras voces interiores al respecto. Si descubrimos que se nos ha hecho un hábito el compararnos con otros, preguntarnos: ¿Por qué me comparo? ¿Me ayuda? ¿Me estimula a superarme? ¿Me perjudica? ¿Cómo afecta la percepción que tengo de mí mismo? ¿Cómo afecta mi salud emocional? En un ambiente competitivo, que se fija mucho en las apariencias exteriores, en el que se valora a las personas muchas veces más por lo que tienen o hacen que por lo que son, este hábito pernicioso puede ser un derrotero que no queremos seguir. Para algunas personas, compararse con otras puede volverse una especie de obsesión destructiva. Sin llegar a esos extremos, igual es saludable revisar nuestras motivaciones y buscar siempre que si nos comparamos lo hagamos con un objetivo positivo que redunde en nuestro crecimiento personal.

Finalmente, es importante diferenciar el compararnos con alguien, a admirar a esa otra persona por lo que hace o ha logrado. En este caso, al mirarlo podemos ver su historia personal como inspiración. Es más, este es uno de los efectos que genera un líder en el resto de personas que lo siguen. Sin embargo, esta "admiración" no sería tal si es que genera en nosotros un sentimiento de envidia por no tener lo que la otra persona tiene o ha logrado en la vida. En este último caso, definitivamente sí estamos ejerciendo una comparación negativa para nosotros, ya que un sentimiento negativo no nos hace mejores personas y no es el motor correcto para nuestro crecimiento personal.

Por eso, es importante ser conscientes sobre lo que la comparación —tanto interna como externa— está haciendo en nosotros. Si es que nos motiva a ser mejores personas, estamos usándola de manera asertiva y positiva. En cambio, si es que nos paraliza o molesta lo que hace el otro, es urgente revisarnos. Recordemos que no es culpa del otro —en un ambiente normal de libertad— lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer. Es responsabilidad nuestra hacernos cargo de nuestros sentimientos y superar aquellos que nos están dañando.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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