La trampa del perfeccionismo

Conoce la importancia del equilibrio entre las metas y circunstancias

Posteado por: Giuliana Caccia , 29/01/2019

La expresión “arma de doble filo” es muy sugerente. Básicamente se refiere al uso de un medio para conseguir un fin y que puede tener un resultado indeseado que afecta negativamente lo que se busca. Este es un buen punto de partida para aproximarnos a un fenómeno complejo como el perfeccionismo. Si hubiera que reducirlo a su esencia, quizá el perfeccionismo se podría caracterizar como la actitud de una persona que busca la perfección en lo que hace pero que nunca queda satisfecha con el resultado. Es una trampa perfecta, pues nos embarca en una carrera que nunca tendrá final feliz.

Ya en la misma definición que hemos esbozado se puede ver cómo el perfeccionismo es un arma de doble filo. ¿Por qué? Porque en sí misma la actitud de buscar que las cosas que hacemos estén bien hechas y alcancen un grado de excelencia es algo encomiable. De ello debería seguirse una experiencia de satisfacción personal. Pero, si la búsqueda de perfección se sale de su cauce, conseguiremos un efecto no deseado. No sólo no estaremos satisfechos con el resultado de nuestros esfuerzos sino que la pretendida perfección puede convertirse en una verdadera obsesión y ser causa de infortunio. En vez de satisfacción obtendremos frustración. Y nunca nos contentaremos con el resultado de nuestros esfuerzos. Cabe anotar que esta actitud muchas veces no es fácil de detectar. Es algo así como la presión arterial alta o hipertensión. Está ahí, poco a poco va minando la salud, pero quizá no presenta síntomas evidentes. Por ello, es importante que reflexionemos en torno a esta aproximación a la actividad que puede tener efectos muy negativos en nuestra vida y, obviamente, en nuestro desempeño profesional.

Aplicado al mundo laboral, el perfeccionismo pinta un panorama un poco problemático para aquel que cae en su dinámica. De esa trampa puede seguirse, paulatinamente, un dañino espiral de consecuencias negativas: estrés, daños a nuestra salud física y emocional y declive en el desempeño laboral, por mencionar algunas a nivel personal. Pero las consecuencias de esta actitud no quedan en aquel que lo sufre. El perfeccionista tiende a ser hipercrítico con sus colaboradores, dificultándosele el trabajo en equipo que es tan importante para el avance de una empresa. Por otro lado, junto con el perfeccionismo crece la dificultad para tareas en otros. Poco a poco se afinca el pensamiento tácito de que nadie podrá hacer el trabajo como lo haríamos nosotros. A todas luces esto es un problema en cualquier organización y devendrá en conflictos en el ambiente de trabajo.

Tenemos también que ser conscientes de que algunos factores de la cultura laboral de hoy pueden exacerbar una actitud perfeccionista. Por ejemplo, como se mencionó, fácilmente se puede confundir la búsqueda de la excelencia con una actitud perfeccionista; o la alta competitividad existente en el mercado puede también incrementar la presión sobre la persona que se inclina a esta actitud.

Ahora bien, ¿hay un punto medio en este asunto? Es posible que así sea. Y quizá el primer paso para conseguirlo sea, paradójicamente, convencernos de que la perfección no existe. Al menos tal y como se la plantea el perfeccionista. Es decir, para cribar lo bueno que puede tener la búsqueda de la perfección en una actividad, de lo malo a lo que nos puede conducir debemos, en primer lugar, redefinir el concepto de perfección. Si se concibe la perfección como ausencia absoluta de defecto, en base a parámetros tan idealistas que son irrealizables en la vida real, se tiene un problema. Pero si la perfección en lo que se hace se entiende como el efecto de haber puesto todo nuestro esfuerzo en la consecución de un objetivo, se abre el espacio para valorar nuestros resultados según parámetros más realistas, adecuados a nuestra situación. A ello se debe sumar un ingrediente fundamental: las circunstancias que nos rodean que, querámoslo o no, afectan nuestro desempeño. Por ejemplo, si un atleta que tiene que correr 100 metros planos está resfriado quizá su marca final sea unas décimas de segundo más altas que las habituales. Sin embargo, dadas las circunstancias, esa persona puede decir: considerando que estoy resfriado, mi marca es muy buena y estoy contento y satisfecho con ella. Eso no significa bajar la expectativa de excelencia, ni ser un mediocre. Más bien, es un juicio realista y saludable que desarticula el espiral negativo del perfeccionista descrito más arriba.

El ejemplo descrito nos lleva a otro punto importante. Las metas y expectativas que nos planteamos siempre deben estar en relación a nuestra realidad y circunstancias. Si nos planteamos metas según la realidad de otro, o peor aún según las expectativas que pensamos que otros tienen sobre nosotros, o nos quedarán cortas o serán siempre inalcanzables. Ambos escenarios son caldo de cultivo para el perfeccionismo. Para seguir con el atleta, si su mejor marca en 100 metros planos es 10.5 segundos, su objetivo debe ser bajar esa marca. Pero si todo su entrenamiento se basa en bajar los 9.9 que hace su compañero de equipo, habrá un desajuste fruto de ponerse un objetivo, al menos por el momento, inalcanzable.

Nuestras metas y objetivos, pues, deben plantearse siempre con esos dos parámetros saludables: la valoración de nuestras capacidades y recursos, siendo conscientes de nuestras fortalezas y debilidades, y la realista atención a nuestras circunstancias. Ese es un camino para no caer en la trampa del perfeccionismo. En ese escenario, las metas y objetivos que nos fijemos, la exigencia e incluso la presión que pongamos sobre nosotros mismos, no devendrá en una actitud malsana como la del perfeccionista. Esos correctivos, que son fruto de la consideración realista de nuestra situación, nos ayudarán más bien a buscar la excelencia y crecer profesionalmente con proporcionalidad y consistencia.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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