Nuevas perspectivas frente a la obesidad

La solución podría encontrarse en la neurociencia

Posteado por: Roberto Lerner , 18/10/2018

Lo hemos escuchado, leído, y en realidad nos lo machacan todo el tiempo: la obesidad es una epidemia mundial. Supuestamente sus niveles se han duplicado globalmente en las últimas 3 décadas, pero fuera de razones estéticas o consideraciones individuales, el sobrepeso mórbido es un factor de riesgo en un rango muy amplio de enfermedades (problemas cardíacos, dolencias metabólicas como la diabetes, accidentes cerebrovasculares y males renales, entre otras). Es decir, estamos hablando de salud pública e ingentes montos de los presupuestos nacionales.

No debe extrañar, entonces, que muchas energías de investigadores y profesionales de la medicina y otras disciplinas —la nutrición o la psicología, por ejemplo— estén orientadas a prevenir que la gente suba de peso o pueda bajarlo en caso de que esté muy por encima del promedio. Claro, cerrar la boca es lo que parece más indicado, pero a juzgar por los pobres resultados desde que el mundo es mundo —resulta que siempre han existido dietas, como lo reseña el interesante y picante libro Calorías y corsés, una historia de la dietas durante 2000 años, de Louise Foxcroft— se recurre a medicamentos e intervenciones quirúrgicas. ¿No hay más?

Parece que sí y la cosa viene por el lado de las neurociencias. ¿Qué desencadena las ganas de introducirnos algo a la boca? Pues el hambre. ¿Y qué es el hambre? Pues una señal que comienza en el estómago, donde las hormonas trasladan esta sensación hasta el sistema nervioso central: una vía que conecta las entrañas con el cerebro, y está hecha de impulsos nerviosos y corrientes sanguíneas.

El cerebro procesa datos tales como la cantidad de comida que ingresa en el organismo, la cantidad de energía que gasta, y regula el torrente de ciertas moléculas que pueden aumentar o disminuir el apetito según los grupos de neuronas a los que llegan. Pues bien, un método novedoso es congelar una parte del nervio Vago que lleva señales de hambre al cerebro. De esa manera se altera el balance entre percepción de hambre y falta de apetito en favor de lo segundo, lo que constituye una forma de reducir la ingesta de alimentos a través de manipular las ganas de comer.

El nervio vago, que es cualquier cosa menos ocioso, conecta los órganos internos con el cerebro. Desencadena alarmas de todo tipo —incluyendo el hambre— y se encarga de desactivarlas. Además de lo relatado en los párrafos anteriores, los ejercicios de respiración tienen un impacto en el estado de ánimo y disminuyen la fuerza de las señales de apetito, y a su vez consolidan las de saciedad.

Nuevas perspectivas para un problema que nos agobia y que, además de sus dimensiones individuales, tiene que ver con una sociedad obsesionada con la forma corporal, al mismo tiempo que ofrece sin pausa manjares exquisitos.

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Roberto LernerRoberto Lerner

Roberto Lerner

Psicólogo, Ph.D. con estudios en Universidad Católica de Nijmegen, Holanda

Psicoterapeuta de niños, adolescentes y familias, especialista en intervención en crisis. Consultor en recursos humanos. Obtuvo el Premio Nacional de Psicología en 1993. Director del Instituto Peruano de Acción Empresarial (IPAE). Miembro fundador de Centro de Información y Educación para la Prevención del Abuso de Drogas (CEDRO). Autor de 6 libros. Columnista en un periódico importante y es blogger en “Espacio de Crianza”.

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