Para ti, ¿Qué significa ser libre?

Reflexiones frente a las erradas definiciones de libertad

Posteado por: Giuliana Caccia , 05/11/2018

Hace un tiempo escuché que un ponente definía la libertad como “la potestad de hacer lo que me dé la gana, mientras no le haga daño a nadie y asumiendo las consecuencias de mis actos”. Quisiera aprovechar la cita para comentar, brevemente, sobre las falsas concepciones que la cultura de hoy vende acerca de la libertad, y cómo estas pueden influir negativamente en nuestra vida cotidiana.

Hablar de libertad -de la verdadera- ha sido motivo de libros y tratados durante siglos. Es tal vez uno de los conceptos más discutidos en la historia de la humanidad. Mi intención es centrar esta nota en un punto específico de la libertad, que es el libre albedrío o libertad de elección, que no es sino uno de los componentes de la libertad1, y analizar cómo una mala concepción del poder de elección puede generar más de un problema, no solamente ético, sino también de convivencia armónica en la familia o empresa.

El primer error de entender la libertad como la “capacidad de hacer lo que me da la gana” es reducir la libertad humana a solo uno de sus ámbitos que es el de la capacidad de elección. Por otro lado, en esta premisa hay un segundo error, pues no se trata únicamente de “hacer lo que me da la gana”, sino también de entender que la libertad se puede usar bien o mal. En este sentido, no se debe dar por descontada la relación entre libertad y bien. Un ejemplo ilustra lo que queremos decir: una persona que escoge ser adicta a las drogas con total libertad de elección, ¿está usando bien su libertad? De su opción libre —por el mero hecho de ser libre—, ¿se desprende algo bueno para él, o más bien la consecuencia será una esclavitud que incluso lo irá privando de su capacidad de elección?

No es cierto que uno pueda hacer lo que quiera (así sean elecciones erróneas) mientras no le haga daño a nadie. Porque, retomando el ejemplo de las drogas, hay una familia implicada en la adicción de una persona, y también una comunidad o Estado que debe hacerse cargo del adicto. O del preso. O del niño abandonado por un padre que decide ser libre dejando a un lado a su familia porque tiene derecho a hacer con su vida lo que “le da la gana”. Esto no es más que una exageración —muy de moda hoy— del “derecho” a vivir según las propias convicciones. Evidentemente, lo malo no es tener convicciones, sino no entenderlas dentro de la integralidad de lo que es ser humano.

Y aquí viene otro aspecto central en esta exposición. Para aceptar la premisa de que “uno puede hacer lo que le dé la gana mientras no le haga daño a nadie”, hay que aceptar indiscutiblemente que todos los valores son igualmente buenos, porque lo que los hace buenos no es el valor en sí, sino el simple hecho de que son libremente elegidos. En consecuencia, no aceptar que otro haga lo que “le dé la gana”, así sea elegir un valor negativo, vuelve al opositor en un intolerante o represor, y al que opta “libremente” como un ser auténtico y digno de admirar. Sin embargo, esta manera de pensar traer muchos peligros y deficiencias. Aquí menciono solo algunos:

  1. Ser espontáneo no necesariamente traerá consecuencias positivas, porque no toma en cuenta quién soy y lo que me hace bien. Un niño puede ser espontáneo y querer bajar las escaleras sin saber caminar, pero no por eso ese acto “libre” le traerá un bien. Guiarse únicamente por los deseos o impulsos sensibles no siempre es vivir auténticamente.

  2. Cuando solo se vive espontáneamente, los fines de la acción pasan a un segundo plano. Se favorece lo espontáneo y, por lo tanto, todos los valores son aceptables y válidos. ¿Qué pasa, entonces, cuando vivimos con más personas? ¿Qué sucede si yo quiero algo contrario a lo que quiere mi hermano?, ¿cuál es el valor que va a primar? Esto fomenta la imposición de uno sobre otro, la falta de solidaridad, de proyectos comunes, el individualismo y, por lo tanto, la ausencia de armonía en la convivencia.

  3. De lo anterior podemos deducir que, si no hay una valoración de la bondad de las cosas en sí mismas, sino que todo es válido porque simplemente alguien lo elige, ¿cómo hacemos para dictar leyes, normas, proteger lo esencial para la sana convivencia y para el desarrollo íntegro del ser humano?

  4. Finalmente, nos guste o no, lo elegido tiene en sí mismo un valor que favorece o no a nuestro perfeccionamiento como personas. Que la cocaína hace daño no depende de nuestra convicción. Cuando se dice que mi elección es buena por el simple hecho de ser “mía”, se está afirmando que no hay posibilidad de error en nuestra elección. Y eso no es cierto. Además, implícitamente se está aceptando que a nadie debe importarle lo que hacemos, convirtiendo —algo que es una realidad tangible— a nuestra sociedad en una comunidad egoísta en donde cada quien está en lo suyo y en sus problemas, dejando de lado la caridad y la solidaridad.

Ser una sociedad con valores elevados asegura que las personas escojamos lo que realmente nos hace bien de manera individual y colectiva. La espontaneidad no asegura que acertemos al elegir, y “asumir las consecuencias de mis actos” no soluciona todo. Que yo tome mucho alcohol, maneje y atropelle a alguien, no es un acto justo por más que asuma los años de prisión que me correspondan. Para vivir bien necesitamos criterios que se aprenden mediante la educación que hasta ahora fue infundida por la familia y la tradición.

Finalmente, por más que la cultura de hoy quiera afirmarlo a viva voz, no podemos negar que las consecuencias de nuestros actos también actúan en nosotros mismos y pueden convertirse en vicios o en hábitos que nos pueden empobrecer como personas. Sin duda uno es libre de escoger, pero no se trata de elegir algo que nos arruine y, en consecuencia, cause sufrimiento a nuestro alrededor. El ideal es escoger lo que maximiza nuestra libertad, haciendo que nuestra vida sea realmente bella.


1 Según diversos autores, la libertad tiene cuatro grandes planos que se superponen e implican mutuamente. Estos son la libertad constitutiva, la libertad de elección (que es el objetivo de este artículo), la realización de la libertad y la libertad social.

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Autor

Giuliana CacciaGiuliana Caccia

Giuliana Caccia

Especialista en temas de familia y afectividad

Comunicadora Social de la Universidad de Lima y Máster de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Autora del libro “Educación en serio: Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan”. Hace cinco años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecer a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad.

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